Ana y Abril

Mi interés  por los galgos comienza en el año 2013. Sentada frente al televisor, escuché una noticia: ‘La Asociación Baasgalgo denuncia a un cazador por maltratar a sus galgos’. A partir de entonces, algo cambió en mí.

En ese mismo año, debido a una enfermedad seria, me realizaron un autotrasplante de médula, y comenté a mi familia mi intención:  “cuando me recupere, si puedo, adopto un galgo”. Todo el tiempo que pasé ingresada, que fue bastante, la fotografía de un galgo mirándome era lo primero que veía cada vez que abría los ojos. Esa mirada que viene del alma y que te atraviesa como ninguna. Mi vida ya les pertenecía.

En mayo de 2014 llegó a casa Abril, una hembra barcina preciosa, y, con ella, la implicación de ayudar a cuantos más, mejor. Son seres que aun con el alma rota se entregan por completo. Cada día y cada noche sigo mirando esos ojos que me roban el corazón, cada día y cada noche mi vida es más plena cuando me miran. Gracias por encontraros y por existir.

Eva y Rumba

Mi historia no tiene un final feliz. Fue corta y dura, pero, a pesar de todo, es un historia muy bonita. La protagonista se llama Rumba, la estrella más bonita que para mí brilla en el cielo de los galgos.

Todo empezó un primero de junio, cuando mi hermana Olga llegó a casa con una galga llena de garrapatas deshidratada, con fiebre y un ojito casi fuera. No pudo decirle ‘no’ a su galguero, la montó en su coche y ya buscaríamos una solución con la perra a salvo. Hasta que pudiera entrar en una residencia se quedó en casa de mi hermana de acogida. el 20 de julio, justo cuando se iba a ir por primera vez a la playa, llamaron para extirparle su ojito. Así que se quedó conmigo hasta que mi hermana volviera de vacaciones. Llegó con una maleta para diez días, pero nunca más salió de mi casa. Ya había encontrado a su familia.

Rumba vino con un reloj que marcaba una cuenta atrás, tenía una leishmania altísima. A pesar de su enfermedad, ella disfrutó de cada día que Olga le había regalado al montarla en el coche. Fue una perra feliz, sin miedos, olvidó pronto su pasado. Nos dio una lección de valentía, coraje y ganas de vivir. 

El 22 de septiembre se cerró para siempre el libro de la historia de Rumba. Nos quedaron muchos capítulos por vivir, muchos besos que darle, verla envejecer… pero, con todo, la volveríamos a poner en nuestras vidas porque fue un ángel disfrazada de galga.

Paula y Yoshi, 'El Yayo'

Todo empezó hace 17 años en pleno Paseo de la Castellana de Madrid. Era verano, media tarde y hacía mucho calor. Mi madre y yo salíamos del metro de Nuevos Ministerios y nos encontramos con grupo de personas en círculo mirando algo con caras de asombro y repugnancia.

Cuál fue nuestra sorpresa cuando, al acercarnos para ver qué pasaba, lo que había en el matorral no era otra cosa que una pequeña galga negra y blanca hecha un ovillo, intentando pasar desapercibida y vigilando de reojo, con cara de pánico, cada movimiento de aquellos crueles espectadores.

Pero el destino quiso que su suerte cambiara: mi madre me mandó a comprar un barreño y agua fría para darle de beber al animal mientras veíamos qué podíamos hacer. Llamamos a la Policía para explicar la situación, pero nos dijeron que no era de su competencia… que contactásemos con la Guardia Civil, con la suerte de que la persona que nos cogió el teléfono era voluntaria de una asociación. Nos dijo que, por favor, nos quedáramos con el animal hasta que llegara un voluntario a recogerla. Todo aquello era nuevo para mí… ¿voluntario?

No tardó mucho en llegar, aún recuerdo hasta el color del coche, un monovolumen gris. De él se bajó una señora de mediana edad que, al ver el estado del animal, no tuvo más remedio que llorar. Sus vértebras estaban marcadas a palos, la pata izquierda delantera partida y uno de sus ojos prácticamente fuera. Tomó una manta de su coche y, como si del mayor tesoro del mundo se tratara, abrazó a la perrita rodeándola con la manta y acercándola a su pechopara subirla al coche.

Jamás olvidaré esa imagen, ese amor, y de mi retina nunca se borrará la expresión de auténtica paz y alivio que tornó en la cara de la perra. Fue entonces cuando decidí que yo quería hacer lo mismo; ser la luz cuando sus vidas, por la maldad propia del ser humano, se tornase en oscuridad.

Desde hace unos años soy casa de acogida. Podría hablar de cada unos de mis niños (porque sí, cada uno de ellos son míos y son mis niños), pero no terminaría nunca. Actualmente tengo a Yoshi, al que con cariño llamamos El Yayo. Es un galgo mayor que llegó  a casa con más años en el alma que en el cuerpo (actualmente tiene unos 13). Pero cada día está un poquito más joven  y se ha vuelto un perro divertido y  amoroso que saborea cada momento como si de un cachorro se tratara, con los ojos limpios y las ganas de vivir del que empieza de cero.

Poder ser parte de eso te hace crecer el alma y ser un poquito más como tu perro cree que eres. ¡No dejes de probarlo!

Elena y Nayara

Mi historia con los galgos comienza con Cobeña, una imponente galga negra que en su juventud le dio muchas alegrías a su galguero, pero que la edad y la retirada de su amo condenaron a vivir en una parcela. Intenté que formase parte de mi familia… pero un día Cobeña ya no estaba. La habían mandado a Alemania con una protectora. En ese momento me prometí que algún día yo también sería una heroína para esos cuerpecitos maltrechos.

Y me atreví. Busqué ‘galgo’ en Facebook y apareció ASOCIACIÓN BAASGALGO en la lista. Un ‘me gusta’ y todo lo demás vino rodado. Pidieron voluntarios, envié un email y aquí sigo casi 3 años después luchando por y para ellos.

Era el invierno de 2015. Esa temporada nos dejó muchos galgos “rotos” que necesitaban acogida… y allí estaba Nayara, recién operada buscando un hogar en el que poder recuperarse. Y me atreví de nuevo. Unos días más tarde llegó a casa un saquito de penas con una pata rota y sólo 15 kg.

Nuestro comienzo no fue fácil, Nayara también tenía rota el alma y no dejaba que nadie se acercase. Ella sólo quería desaparecer. Pero con paciencia y cariño ese momento mágico llegó y, un día, al volver a casa del trabajo, me hizo una fiesta con saltitos de alegría y todo que llevo marcada a fuego. Por fin había entendido que ese era su lugar en el mundo, que ya nadie le iba a hacer daño, que yo sólo estaba allí para ayudarla, quererla y protegerla. Ese día supe que nuestros caminos se habían unido para siempre y, lo que en principio era una acogida, se convirtió en una adopción.

Ver cómo ha pasado de querer ser invisible a querernos, cómo busca mi mano para una caricia, cómo ha dejado su mochila atrás…. Todo eso no tiene precio. Mi niña valiente, siempre juntas. Te quiero Nay.

Mary y Duque

Mi interés por los galgos comenzó prácticamente desde bebé. Mis abuelos tenían una casa en un pueblo de Cuenca. Para mí era normal ver galgos sueltos o agarrados en las puertas de casa. Siempre intentaba acercarme a alguno y siempre salían corriendo. La gente de allí me decía que si me iban a morder, que si las pulgas… Yo no entendía por qué decían eso si nunca pude tocar uno, si cada vez que intentaba tocar uno se iba… Y cuánto más se iban mas interés tenía hacia ellos. 

Un verano murió mi abuelo y dejamos de ir tan seguido al pueblo. Hasta el último verano, que estuve y dando una vuelta con mi perra y vimos un bebé galgo atado a un árbol a pleno sol una tarde de agosto. Mis ojos se llenaron de lágrimas. ¡Era un bebé sin agua ni sombra! Mi perra jugó con él y no temiía de ella. Fuimos corriendo a casa a por comida y agua, pero cuando llegué al sitio estaba su “dueño” y me dijo que no se me ocurriese darle nada. Mantuve una conversación para que me le diese y nada. Al día siguiente volví, al otro, al otro y al otro… Nunca más supe de él. 

El año siguiente tuvimos que sacrificar a mi perra con 16 años de un tumor en la cabeza. Fue la decisión más dura de mi vida. Se fue y la prometí que adoptaria un perro para darle el mismo cariño que ella recibió. No concibo una vida sin perros.

A los dos meses me puse a seguir varias paginas de galgos, entre ella ASOCIACIÓN BAASGALGO. Y a los días pusieron un anuncio de un bebé galgo llamado Duque buscaba hogar. ¡Era como el del pueblo! No me lo pensé y les escribí. El corazón a mil al recibir el primer correo. No tenia esperanzas en que me lo diesen porque había varios interesados.Y a los días… ¡RING! “Hola queremos conocerte, das el perfil…” ¡BIEN! ¡Una previa y Duque era mio! 

Duque lleva con nosotros tres años. Hemos ido limando sus miedos, aunque era un cachorro de 3 meses ya había pasado lo suyo… Ha tenido un hermano humano y es el mejor perro que existe, juega con el niño con un cuidado, le chupa entero si llora… No puedo estar más contenta con mi decisión. ¡Le queremos muchisimo! Y aún pienso que Minnie (mi perra fallecida) fue la que me le puso en el camino… ¡GRACIAS!

Noelia y Lennon

Un día un buen amigo veterinario me dijo que por mucho que te empeñes, el perro que está hecho para estar contigo, te encuentra. Que es algo mágico. Hoy puedo decir que así fue con nuestro Lennon.
 
Mi marido y yo llevábamos tiempo queriendo un perro. Deseábamos una hembra pequeña, aunque estábamos un poco perdidos sobre qué tipo de perro se adaptaría mejor a nuestro estilo de vida. Nos habló una amiga deASOCIACIÓN BAASGALGO, de cómo fue la adopción con ellos y no dudamos en ponernos en contacto. Por mi cabeza sólo pasaba una preocupación: ¿un perro grande estará bien en un piso? ¿Lo podremos hacer feliz después de tanto sufrimiento? ¿Se adaptará a nuestros viajes de aventura?
 
Pues… es muy difícil de explicar, pero el vínculo que hemos tenido con el desde el primer día ha sido de confianza mutua… No puedo decir que nos hayamos adaptado, ni él ni nosotros, ¡ya que todo fluyó como si hubiese sido parte de la familia desde siempre! Lennon es todo lo que no habíamos planeado y creo que por eso no sé que haríamos sin él en nuestras vidas. El vínculo que tenemos tanto mi marido como yo con Lennon es tan especial que es difícil de explicar. ¡Hay que vivirlo para entenderlo! Te queremos, Lenny.

Roberto, Tormen y familia

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme… corría la Semana Santa de 2011 y, como hacía buena mañana, decidí ir a tomar el aperitivo por los bares de la calle Ancha a ver si tenía suerte y encontraba a algunos amigos. 

Como así sucedió, me encontré con una amiga, muy guapa por cierto, que estaba con su padre y unos amigos y me quedé con ellos a tomar el aperitivo, al final, y como suele suceder en estos casos, me invitaron a comer a su casa. La sobremesa se prolongó hasta que cayó la noche y, como ya no era plan de volver sola a casa, y ante la insistencia de mi amiga y el cariño mostrado por sus padres, no pude por menos que ceder a su ofrecimiento y quedarme a dormir con los padres de mi amiga, que me habilitaron una cama en su habitación. La verdad es que en esa casa antigua de pueblo se dormía estupendamente.

Al día siguiente, durante el desayuno pertinente, me comentaron que se volvían para Madrid y que tenían un hueco en el coche por si prefería volverme con ellos. Accedí encantada y para allá que nos fuimos. Claro que, en medio de todo, no les había dicho que no tenía familia en Madrid. Por cierto, que maleducada soy, me llamo Rita y mi amiga, esa tan guapa que me encontré, Berta, que tenía dos hermanas pequeñas, Alejandra y Gabriela, un poco pesadas porque no dejaban de mirarme y ver que hacía. Ellos dicen que me tocó la lotería cuando nos encontramos ese día, pero yo sé que en realidad ha sido a ellos a quienes le ha tocado. 

Desde aquel día no nos hemos separado nunca, vamos juntos de vacaciones a la playa, a esquiar, a todos los sitios. La pena es que mi amiga Berta ya no está con nosotros, tuvo que irse, pero yo me acuerdo mucho de ella y seguro que nos volveremos a encontrar.

Ahora mi familia ha invitado a comer a otra amiga, tiene un nombre un poco raro, todo el mundo la llama ‘La Tormen’. Es un poco rara porque siempre está guiñando el ojo a todo el mundo, pero salimos todos los días a correr juntas. 

Es curioso porque los padres de Berta, y también míos, nunca habían pensado en un galgo como compañero de viaje, y eso que habían tenido toda clase de hijos: mestizos, pastor catalán, coker, boxer e incluso hasta humanos (que dicen por ahí que tienen sus cosillas) y después de 7 años de convivencia se han dado cuenta que TAL VEZ NO EXISTA EN EL MUNDO UNA RAZA MÁS AGRADECIDA QUE EL GALGO.

Muchas gracias a BAASGALGO por darme la oportunidad de poder adoptar a ‘La Tormen’ y por ese trabajo a veces duro y otras muchas de satisfacción por la cantidad de perros felices que consiguen su sofá.